domingo, 13 de septiembre de 2015

RUY BLAS, de VÍCTOR HUGO

Tapa blanda. 212 pág. 13,8 x 21 cm. ISBN 9788494402951
Traducción de Bartolomé Mitre.
Incluye prólogo del traductor y prefacio de Víctor Hugo.
Edición e introducción de Fernando Olaya Pérez.


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FRAGMENTO DEL PREFACIO DE VÍCTOR HUGO


Mirado bajo el punto de vista puramente literario, el aspecto de esta idea, intitulada Ruy Blas, cambiaría también. Las tres formas soberanas del arte podrían aparecer personificadas y resumidas: don Salustio sería el drama, don César la comedia, Ruy Blas la tragedia. El drama anuda la acción, la comedia la complica, la tragedia la desata.
Todos estos aspectos son exactos y verdaderos, pero ninguno de ellos es completo. La verdad absoluta está únicamente en el conjunto de la obra. Que cada uno encuentre lo que busca, y el poeta, aunque de ello no se lisonjee, habrá conseguido su objeto. El argumento filosófico de Ruy Blas, es el pueblo aspirando a las regiones elevadas; el argumento humano, es un hombre amando a una mujer; el argumento dramático, es un lacayo enamorado de una reina. La multitud que cada noche acude a ver esta obra, porque en Francia la atención pública jamás deja burladas las tentativas del talento, cualesquiera que ellas sean, la multitud no ve en Ruy Blas más que este último argumento: el dramático. Osea, el lacayo; y tiene razón. 

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FRAGMENTO DE RUY BLAS, DE VÍCTOR HUGO

ACTO IV
ESCENA TERCERA 
DON CÉSAR y un LACAYO.
DON CÉSAR 

Midiendo al LACAYO de pies a cabeza.
¡Amigo! ¿Qué buscáis? 

Aparte
Aquí, con todo mi aplomo.
EL LACAYO
A don César de Bazán.
DON CÉSAR
Aparte.
¡Pero esto es maravilloso!
Desembozándose.
Ese soy yo.
EL LACAYO
¿Sois don César?
DON CÉSAR
¡Pardiez! Otro no pienso
que pueda haber. Yo mismo.
EL LACAYO
Poniendo el talego sobre una silla.
Contad, y ved si está todo.
DON CÉSAR
Como deslumbrado. Aparte.
¡Esta es buena!
Alto.
Amigo mío...
EL LACAYO
Esta es la plata y el oro
que tengo encargo de daros.
DON CÉSAR
Con gravedad.
Ya comprendo...
Aparte.
¡Vaya un modo!
Lléveme el diablo si entiendo;
Pero va bien el negocio.
No le echemos a perder.
Alto.
¿Queréis un recibo?
EL LACAYO
Todo
lo ordenado, es entregar.
DON CÉSAR
Ponedle ahí. A propósito,
¿quién lo manda?
EL LACAYO
Bien sabéis...
DON CÉSAR
¡Sin duda!
Aparte.
¡Me vuelvo un topo!
Alto.
Pero…
EL LACAYO
Y muy bien conocéis.
DON CÉSAR
¡Ah! ¡Sí!
EL LACAYO
Y no es eso todo.
Y para lo que sabéis,
¡Chitón!, y mucha reserva,
recomienda sobre todo.
DON CÉSAR
Magnífica frase. ¿Cómo?
Repetídmela.
EL LACAYO
De parte de quien sabéis.
DON CÉSAR
Sí.
EL LACAYO
Y lo otro,
para lo que vos sabéis.
DON CESAR
¿Y reserva sobre todo?
EL LACAYO
Sobre todo, gran reserva.
DON CÉSAR
¡Esto es claro!
Aparte.
¡Como un pozo!
EL LACAYO
Yo obedezco. En lo demás
nada comprendo.
DON CÉSAR
Eso es obvio.
EL LACAYO
Mas vos comprendéis.
DON CÉSAR
¡Ya! ¡Ya!
EL LACAYO
Esto me basta.
DON CÉSAR
¡Pues cómo!
Sí comprendo, amigo mío,
puesto que soy el que tomo.
Esto es claro como el agua,
y que se bebe de un sorbo.
EL LACAYO
¡Chitón!
DON CÉSAR
¡Chitón!
EL LACAYO
Pues contad.
DON CÉSAR
¿Por quién me tomas? ¡Mil votos!
Admirando lo repleto del talego, que coloca sobre la mesa.
¡Oh! Qué vientre tan repleto!
EL LACAYO
Pero...
DON CÉSAR
Pareces buen mozo.
Me fío en ti.
EL LACAYO
Son doblones
de buena ley: plata y oro.
DON CÉSAR abre el talego y saca de él varios sacos más pequeños llenos de
plata y oro, que va vaciando sucesivamente sobre la mesa con admiración; enseguida empieza a coger puñados de oro y a echárselos en los bolsillos.

DON CÉSAR
Aparte, interrumpiéndose con majestad.
Vaya un caso singular,
con que mi cuento corono.
Echándose más oro a los bolsillos.
¡Tengo el galeón de las Indias!
Un verdadero tesoro.
Sigue llenándose sucesivamente todos sus bolsillos , y parece haberse olvidado del lacayo.
EL LACAYO
Vuestras órdenes aguardo.
DON CÉSAR
¿Para qué?
EL LACAYO
Para en un todo
ejecutar sin demora
lo que sabéis...
DON CÉSAR
¡No eres bobo!
EL LACAYO
Y que yo no sé. Muy grandes
intereses...
DON CÉSAR
¡Sí! ¡Famosos!
EL LACAYO
Repito lo que me han dicho:
que es urgente.
DON CÉSAR
Golpeándole el hombro.
Lo conozco.
Gracias, servidor fiel.
Mucho me gusta tu modo.
EL LACAYO
Mi amo me encarga os ayude.
DON CÉSAR
Aparte.
¿Qué será?
Alto.
Eso es muy congruo.
Aparte.
Maldito si sé qué hacer
Alto.
Acércate.
Llena de vino el otro vaso.
Bebe esotro.
EL LACAYO
¡Qué! Yo señor...
DON CÉSAR
Bebe eso.
El LACAYO bebe, y DON CÉSAR vuelve a llenarle el vaso.
Cuida al levantar el codo,
que es un vino de Oropesa.
Ahora conversemos.
Aparte.
Noto
que el vinillo le hace efecto.
Alto y repantigándose en el sillón.
Dime ¿sabes lo que somos?
Pues el hombre es humo vano,
que sale como de un horno
del fuego de las pasiones.
Le sirve más vino.
¡Vaya! Todo esto es muy soso.
Tal cual en la chimenea
sube el humo; de otro modo
a la inversa baja el hombre...
Aparte.
Yo testigo.
Se frota la pierna. Alto.
Como un plomo.
Llena los dos vasos.
Bebamos, que vale más
que todo aquese tesoro
de un borracho la canción.
Acercándose al lacayo con aire misterioso.
Pero seamos cautelosos:
se puede el eje quebrar
si se recarga, y es obvio,
que una pared sin cimiento
se viene al suelo. Ven, pronto.
Arréglame el cuello.
EL LACAYO
Con arrogancia.
Como
no soy ayuda de cámara,
llamaré...
DON CÉSAR
¡Perdido estoy!
Entra uno de los NEGROS, DON CÉSAR muy agitado se vuelve al lado opuesto, como no sabiendo qué hacer.
EL LACAYO
Al NEGRO.
El cuello de su excelencia
arreglad.
El NEGRO se acerca con gravedad, arregla el broche del cuello del ferreruelo, saluda y vase, dejando a DON CÉSAR estupefacto.
DON CÉSAR
Aparte, poniéndose de pie.
¡Es un embrollo!
Se adelanta al primer término del proscenio, y se pasea a grandes pasos.
En casa de Belzebú
estar debo, ¡qué demonio!
En el tomar no hay engaño;
de este dinero dispongo,
pero ¿qué diablos hacer?
Volviéndose hacia el LACAYO, que estará sentado a la mesa, y continúa bebiendo y empezando a bambolear en la silla.
Se me ocurre…
Meditando, aparte.
Pues supongo
que pagar a mis acreedores
es echar agua en un pozo
y regar muy feas flores.
¡Está visto! Si no hay como
tener dinero, pues luego
el hombre se vuelve tonto,
y se corrompe, aun siendo
de Aníbal deudo. ¡Qué colmo!
¡Pues yo pagar lo que debo!
¿Qué se diría?
EL LACAYO
Apurando su vaso.
¿Qué ordena
vueselencia?
DON CÉSAR
Aparte.
¡Sí! ¡Ya! ¡Ya!
Alto.
Sigue bebiendo, entretanto
que lo voy a meditar.
El LACAYO sigue bebiendo. DON CÉSAR continúa paseándose; de repente, se golpea la frente como si hubiese encontrado una idea.
Dirigiéndose al lacayo.
Llena tus bolsillos de oro.
El LACAYO se levanta bamboleando, y llena sus bolsillos de oro, DON CÉSAR le ayuda y continúa hablando.
¡Escucha! En seguida irás
hasta la Plaza Mayor,
y allí tienes de encontrar
una casa muy estrecha.
Pero hermosa casa, ¡bah!,
que lleva el número nueve;
por más señas, que has de hallar,
un papel en vez de vidrio.
EL LACAYO
¿Casa tuerta?
DON CÉSAR
¡Qué no, tal!
Es sólo bizca. Cuidad,
que al trepar por la escalera,
bien te puedes estropear.
EL LACAYO
¿Una escala?
DON CÉSAR
Cuasi, cuasi.
Allí una bella verás,
de cabellos encrespados,
retacona; en lo demás
muy guapa, aunque tira a roja.
En fin, es una beldad.
Trátala con gran respeto,
porque es mi querida ¿estás?
Lucinda, de ojos azules
que antes fue rubia, y bailar
pudo ante el papa, un fandango.
Cien ducados le darás.
En un cuartucho de al lado,
verás un gran perillán
con la nariz colorada,
y a manera de antifaz
encasquetado un sombrero
muy viejo, del que además
cuelga un penacho que llora,
con un espadón al cinto.
Seis pesos le has de entregar.
Más lejos, en una cueva,
negra como humo, hallarás
una especie de taberna,
y un hombre al pie del umbral,
que bebe y fuma. Es un hombre
que no echa votos jamás;
muy bueno, muy elegante,
y por seña principal
se llama don Gualatromba.
Treinta escudos le darás.
Y dile que se los beba
a mi salud. Además,
si hay por allí otros bribones,
pórtate con caridad.
EL LACAYO
¿Y después?
DON CÉSAR
Guárdate el resto.
Por fin, para terminar...
EL LACAYO
¿Qué me ordena Vueselencia?
DON CÉSAR
Que te vayas a embriagar.
Rompe todas las botellas,
y a tu amo cuenta darás
mañana.
EL LACAYO
Príncipe, basta.
Se dirige hacia la puerta haciendo zig zags.
DON CÉSAR
Mirándole caminar.
¡Como una cuba se va!
Llama al LACAYO: éste vuelve.
Te han de seguir los ociosos;
tente firme, ¡voto a tal!
Compórtate como debes,
y si por casualidad
se te caen unos escudos,
déjalos caer no más;
y si algunos los recogen,
déjaselos embolsar.
Y si hasta la faltriquera
llegaren a registrar,
sé indulgente, que son hombres
como nosotros. Verás,
que en este mundo tan triste
bueno es el contento dar.
Con melancolía.
¡Un día serán ahorcados!
Trátamelos con bondad.
Vase el LACAYO. DON CÉSAR queda solo; apoya los codos sobre la mesa, y parece sumido en profundas reflexiones.
Es el deber de un cristiano
la riqueza bien emplear.
Ya tengo para ocho días.
Si algo quedase además,
lo emplearé en obras piadosas.
Pero, ¡quién sabe!, quizás
este es algún quid pro quo,
y va a volar el caudal.
La puerta del foro vuelve a abrirse, y aparece una DUEÑA velada, de cabeza entrecana, con abanico, basiña y mantilla negra.





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