martes, 24 de enero de 2017

LA PARADOJA DEL DRAMATURGO (VV. AA.)



LA PARADOJA DEL DRAMATURGO (VV. AA.) 
Tapa blanda, 308 pág.,  ISBN 978-84-945155-8-3 
ESPERPENTO EDICIONES TEATRALES

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PRÓLOGO DE FRANCISCO GUTIÉRREZ CARBAJO
(Fragmento)
No es extraño encontrar en los textos de esta antología la desacralización de los personajes, ya que estos se alejan de una representación como seres planos, en el sentido de Foster y de una construcción como entidades monosémicas y cerradas. Ello no obsta para hallar en la propia representación una defensa de su potente identidad como actores, que los lleva en ocasiones a enfrentarse con el director o con el autor y a no aceptar los papeles que se les encomienda.
Se recurre, así, al ejemplo de Augusto en Niebla de Miguel de Unamuno, de forma explícita en la pieza de Miguel Ángel Martínez y de manera implícita en muchas otras.
Como un diálogo intertextual con Pirandello, en el que no se asumen sus premisas, el actor es el que busca al personaje en la obra de Jerónimo López Mozo. Cuando el personaje le pide un papel al Autor, este le comenta que debe solicitárselo al director. Ante la insistencia del Actor, el Autor le argumenta que en la próxima obra quizá “tenga un personaje” para él. El Actor exclama alborozado: “¡Al fin un personaje para mí!”
En Mejor al aire de Elena Belmonte, la Autora formula una interrogación retórica y exclama: “¡¿Y quién coño crees que es el personaje?! ¡Un personaje es una marioneta y es el autor el que maneja los hilos! ¡Esta situación es absurda!”.
En Ilústrame de Pablo Canosales, el protagonista le recuerda al Autor que “es uno de sus personajes”. Más adelante ha de insistirle en que el compromiso del autor es con sus personajes y que estos necesitan salir a la luz. Habla en nombre de su colectivo, el colectivo de “los personajes cansados de su autor”.
Alberto de Casso Basterrechea en Gema y Emma se refiere varias veces explícitamente a la función de esta categoría dramática y se habla incluso de la “construcción del personaje”. Ante la actitud de su amiga, Emma le explica con reiteración: “Es para preparar mi personaje”, y Gema le comenta que el personaje acompaña como una sombra siniestra.
Entre los personajes que pueblan el grandioso universo de Juana o el clitorio de Dios de José Manuel Corredoira, Juana es el de mayor densidad semántica. En relación con ella, el lenguaje adquiere las mayores potencialidades que puede alcanzar un discurso en escena, y en Sal de de mi cama! de Yolanda Dorado el personaje de la Mujer Errante pone en entredicho el oficio de la Autora. Le dice que no sabe qué contar y, sin embargo, quiere relatar su vida. En el sentido que hemos glosado en alguna ocasión de que en el teatro “el hábito sí hace al monje”, la Aurora le comenta a la Hermana Menor que “los zapatos definen al personaje”.
Juana Escabias en Retrato de mujer con sombrero destaca con fina intencionalidad frente a la actriz el poder casi omnímodo del Director, que proclama: “La insistencia como vía para vencer al contrario. Subyugar su resistencia, someter la voluntad que se opone a los deseos de uno mismo. La encarnación del personaje vencedor en el conflicto”.
En contraste con esta función plenipotenciaria del Director, Juan García Larrondo concede a los personajes el poder de los dioses, y retan al propio autor: “Parodiamos al Todopoderoso y construimos personajes a nuestra imagen y semejanza, por eso te son tan familiares. Pregúntales tú mismo. Les conoces. El autor es lengua de fuego y maravilla. Lo afirmaste en una de tus obras. Demuéstralo ahora”.
El personaje en Aparta de mí este cáliz de Yolanda García Serrano pide ser salvado de la muerte porque, como él mismo reconoce, es un “personaje magnífico”: “Una palabra tuya bastará para salvarme. Anota que al final tu hijo se salva de morir clavado. Tú eres el creador, tú me hiciste, no puedes destruirme como si no te importara (…) Reescribe mi historia. Soy un personaje magnífico”.
El silencio de José Moreno Arenas abre la didascalia inicial con una referencia a esta categoría dramática: “Despacho-estudio-habitación de un “Creador de Personajes”. Caos organizado o desorden controlado, según se prefiera”. Moreno Arenas ilustra, así, la afirmación de Derrida (1976) de que “el teatro es un caos que se organiza”.
En Abril de Miguel Murillo, el Autor le dice al Actor I que es una pura fantasía, que solo existe en su imaginación, y en la obra de Fernando Olaya, este elemento dramático fundamental aparece ya en el propio título de la pieza: El dramaturgo que confundió a los personajes con los actores (o viceversa). El Dramaturgo, “pensando en alto”, inicia su discurso con un procedimiento metateatral centrado en los personajes: “Que los personajes tengan que actuar dentro de la obra me parece un buen recurso”.
Diana M. de Paco Serrano declara en la didascalia inicial de En blanco que el “personaje está difuminado, como en una especie de nube blanquecina. No se distingue bien su silueta”. En consonancia con ello, en una de sus primeras intervenciones, el personaje le dice a la Autora: “Perfílame, anda, ponme algún matiz, relléname de contenidos, que estoy hecho una birria”. Si López Mozo se refiere a Pirandello, la Autora en la pieza de Diana M. de Paco Serrano solicita la ayuda del dramaturgo italiano: “Ay, ¿qué está pasando?... Entonces todos mis personajes están enfadados comigo. ¡Pirandello, ayúdame! ¿Qué hiciste tú para contentar a tus seis criaturas?”. Más adelante el personaje le aclarará a la Autora que sus criaturas están escribiendo la obra que piensa que está escribiendo ella, y que incluso se han invertido los papeles: “Porque tú ahora eres el personaje y nosotros los
autores”.
Este intento de transformación del dramaturgo en personaje está igualmente presente en El encuentro de Alfonso Plou: “De dramaturgo a dramaturgo: te quiero convertir en un personaje”. Sobre este recurso se insiste en los diálogos posteriores entre A(utor) y S(hakespeare). El propio S termina admitiendo esa transformación: “... Y ya que me voy asumiendo como personaje de tu comedia... Te podré decir...”.
En un sentido inverso, un dramaturgo tan sabiamente transgresor como Pedro Víllora sigue la tradición aristotélica en su pieza Linda Muñequita. En ella el autor noruego Henrik Johan Ibsen le dice a Nora: “Antes que nada eres personaje”. La mujer considera que es más bien “un modelo a seguir” y que el Autor no habla ni piensa como el creador revolucionario y concienzudo a quien ella quería querer y respetar: “Tal como yo soy, no puedo por ahora ser tu personaje”.
En la caracterización del personaje, en el tratamiento del espacio y del tiempo, en su reflexión sobre el arte escénico, y, en general en la construcción de la obra, los autores recurren con frecuencia al procedimiento del metateatro.
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En Escritura de Iván Cerdán Bermúdez, Marta le achaca a Simón que se limite a adaptar la realidad de la familia y que además esa escritura no se base en su propia experiencia sino en lo que le han referido: “Es que tú no lo has visto. ¡Te lo han contado! Pasa lo mismo con el monólogo que hiciste sobre mi padre”.
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Esta fina ironía está presente ya en el propio título de la obra de Alfonso Zurro, y en las palabras del primer parlamento de la Reina, en Estábamos celebrando el Nobel de Juan Mayorga: “Dejemos claro que a mí no me gusta el teatro (...) Esta era de dramaturgos. Caras tristes. Gestos profundos. Calvicie intelectual. Trascendencia. Tedio. Desconsuelo”. Cuando el Autor declara que el teatro es imaginación, la Reina responde con énfasis: “¡No!, el teatro ha de ser... ¡verdad! Una verdad verificada con mayoría absoluta de monarquía democrática parlamentaria”.
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La maestría de López Mozo ha sido reconocida por sus colegas dramaturgos y por los investigadores, como tuve ocasión de demostrar en la edición de Cúpula Fortuny. En su pieza incluida en esta antología reelabora de un modo espléndido la fórmula pirandelliana. Aquí el personaje no busca al autor, sino que solicita que se le asigne un papel.
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Si la influencia de Pirandello y la de Unamuno está presente o subyace en la capa latente de todas estas creaciones, Miguel Ángel Martínez lleva a cabo una reactualización de las tesis unamunianas. Como en un juego de lanzadera, Alberto y Miguel se cruzan sus recriminaciones, en una magnífica pugna dialéctica en la que se hace referencia a dramaturgos como Valle-Inclán o Muñoz Seca y a obras y personajes de Shakespeare, como Hamlet y Ofelia.

LA PARADOJA DEL DRAMATURGO

OBRAS INCLUIDAS:

Mejor al aire, de Elena Belmonte
Ilústrame, de Pablo Canosales
Gema y Emma, de Alberto de Casso Basterrechea
Escritura, de Iván Cerdán Bermúdez
Juana o el clitorio de Dios, de José Manuel Corredoira
Sal de mi cama!, de Yolanda Dorado
Retrato de mujer con sombrero, de Juana Escabias
Narciso en tercera persona, de Juan G. Larrondo
Aparta de mí ese cáliz, de Yolanda Gª Serrano
Un actor en busca de personaje, de Jerónimo L. Mozo
Nieto de Hamlet con revólver de John Wayne, de Miguel Ángel Martínez
El silencio, de José Moreno Arenas
Abril, de Miguel Murillo Gómez
El dramaturgo que confundió a sus personajes con los actores (o viceversa), de Fernando Olaya Pérez
En blanco, de Diana M. de Paco Serrano
El encuentro, de Alfonso Plou
Linda muñequita, de Pedro Víllora
Estábamos celebrando el Nobel de Mayorga, de Alfonso Zurro

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